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Lugares con Historia

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La explicación de mi "nick", Sinuhé | 15 de Diciembre 2007

Bueno, tras una semana de poca actividad en el blog, trataré de dar un pequeño empujón con un par de posts. Luego... espero tomarme unas cortas vacaciones navideñas.

En este post me gustaría volver a Berlín, al Museo Egipcio: en la foto está el vestíbulo el edificio del Altes Museum, que recoge provisionalmente las colecciones del Museo Egipcio. La gente está admirando el busto de Nefertiti (¿qué os parece la colocación, tan estratégica?), del que ya os hablé. Ahora toca algo más "insignificante" que está relacionado con el hecho de que el nombre completo del museo es Ägyptisches Museum und Papyrussammlung, nada menos... para quien no entienda alemán (yo mismo), este pomposo nombre significa Museo Egipcio y Colección de papiros.

Y es que, efectivamente, este lugar alberga una de las colecciones más impresionantes de papiros egipcios que se pueden ver en el mundo. No todos están expuestos, naturalmente. De forma habitual, los museos muestran aquellos que tienen dibujos, por eso es tan típico ver papiros con el "juicio de los muertos", una de las ilustraciones favoritas de los antiguos habitantes del Nilo, a juzgar por las veces que la dibujaron. Pero, en el caso de Berlín, hay un par de papiros expuestos que son más bien feos, sin ilustraciones. Sólo los expertos son capaces de reconocer el valor de estas extrañas tiras de papel primitivo cubiertas de aparentes garabatos. No están escritos con jeroglíficos, sino utilizando la "taquigrafía" de los faraones, la llamada escritura hierática. Se trata de ejemplares que están allí, expuestos en un rincón, por su gran valor literario.

Hablaré sólo de uno de ellos, el papiro que contiene el fragmento más completo de la llamada historia de Sinuhé. Seguro que ahora estáis pensando en la famosa novela "Sinuhé el egipcio", escrita por Mika Waltari en 1945 y convertida en una evocadora película de 1954. Pues bien, Waltari se inspiró en esta obra maestra de la literatura egipcia, datada aproximadamente en 1.800 a.C.

La historia, que es sin duda la primera novela de todos los tiempos, narra en primera persona la vida de un dignatario egipcio, Sinuhé (en el papiro dice, literalmente, Sanehet), que se ve salpicado por un complot que deriva en el asesinato del faraón. Temiendo ser inculpado por su negligencia al no ser capaz de advertir a tiempo de la conjura, huye de Egipto hacia Siria. Comienzan así sus aventuras: tras un enfrentamiento con un príncipe local se convierte en hombre de confianza de otro príncipe, quien le ofrece la mano de su hija. Sinuhé, convertido así en un hombre importante en Siria, recibe finalmente la invitación del faraón de turno, Sesostris I, para volver a su país. Nuestro viajero añora el Nilo (recordad aquello de "quien ha bebido agua del Nilo..." de un post anterior) y desea ser enterrado en su país, como ha de hacer cualquier egipcio si desea la inmortalidad en la otra vida. Así pues, reparte sus posesiones entre sus hijos y vuelve a Egipto, donde es finalmente enterrado. De hecho, el protagonista narra la novela desde su propia tumba.

No me extraña que Mika Waltari se inspirase en esta magnífica historia. Es fascinante. En mi caso, ejerce una atracción particular. Tengo como un proyecto personal a muy largo plazo completar la traducción de su texto jeroglífico. Sí, entre mis muchas aficiones, está el leer jeroglíficos egipcios. No soy ningún experto y voy francamente despacio, pero algún día lo conseguiré. Os aseguro que es increíble ser capaz de leer con ojos de una persona del siglo XXI lo que escribió otra hace casi cuatro milenios, y comprobar lo semejantes que somos.

A los pies de su majestad | 17 de Noviembre 2007

Este verano recorrí unos cuantos cientos de kilómetros por el norte de Italia y me acerqué a una ciudad poco turística, Turín, sólo por ver la estatua de la foto. Mi admirado Ramsés II. Para ponerme a sus pies soporté varios meses de comentarios como "¿que vas a ir a Turín? Si allí no hay nada, es una ciudad industrial" y otras cuestiones similares.


Pues me da igual. Para mí era imprescindible ver esta estatua. Y no me decepcionó. Se encuentra en el magnífico Museo Egipcio de Turín, el que pasa por tener la mejor colección egipcia fuera de Egipto (cuando terminen la remodelación del Museo Egipcio de Berlín, creo que en 2012, tendré que volver a visitar los dos para comprobarlo).


Allí, en la galería de las estatuas, escoltado por muchos otros faraones y dioses de piedra, se encuentra Ramsés. Ataviado con su vestido plisado y su casco de guerra (sí, ya lo sé, es un poco contradictorio) y con su cetro, Ramsés mira al visitante y le sonríe, desde su posición de dominio, sabedor que fue -y sigue siendo- uno de los reyes más poderosos e influyentes de toda la historia. No creo que tenga que hablar mucho sobre su figura, ya que es conocida por todos: faraón de la Dinastía XIX, que ascendió al trono alrededor de 1280 a.C. y reinó durante más de sesenta años. Su reinado fue uno de los periodos de mayor apogeo de Egipto.


La magnífica estatua de Ramsés es no sólo uno de los más importantes tesoros del museo de Turín, sino uno de los hitos artísticos del Antiguo Egipto. Su belleza sólo es comparable a la impresionante estatua de Kefrén del Museo de El Cairo. Y la pregunta obvia es... ¿qué hace semejante pieza fuera de Egipto? Bien, la colección del museo de Turín es muy antigua, de hecho las estatuas que configuran el núcleo más importante del museo fueron llevadas a Italia a principios del siglo XIX y constituyen el conjunto de objetos que el arqueólogo piamontés Bernardino Drovetti descubrió en sus excavaciones en el país del Nilo. Casi en los comienzos de la exploración de Egipto, cuando otro italiano, Giovanni Belzoni, realizaba otras hazañas como descubrir el templo de Abu Simbel o llevar a Londres el gigantesco busto de Ramsés que ahora preside la sala egipcia del Museo Británico. Bueno, eran otros tiempos, en los que los europeos llegaban a Egipto y, de lo que veían, escogían lo mejor para sacarlo de allí, sin demasiados problemas por parte de las autoridades egipcias. Hoy, afortunadamente, las cosas han cambiado.

Bueno, pues si alguien os dice "¿para qué ir a Turín?", tenéis algo que contestar. No sólo se trata de este magnífico museo: la ciudad es realmente sorprendente. Es hermosa, elegante, agradable. Tiene monumentos que merecen realmente la visita, como la Mole Antonelliana, donde se encuentra el museo del Cine y que aparece en las monedas italianas de dos céntimos de euro. Una atractiva ciudad por la que es un placer pasear y a la que conviene acudir aunque sólo sea por probar sus magníficos chocolates, la especialidad de la casa...

Historias de barcos | 16 de Noviembre 2007

Sigo saltando de un lugar a otro simplemente guiado por el antojo, y en este caso el punto de mira se sitúa otra vez en Escandinavia. Y nuevamente no se trata de lugares, específicamente, cargados de historia, sino de objetos. Objetos grandes, eso sí, bastante grandes. Se trata de barcos de otras épocas que se han encontrado intactos y se conservan en museos.


Ya que estamos en Escandinavia, obviamente hay que hablar de vikingos. En un pequeño pero interesante museo de Oslo, situado a la orilla del fiordo del mismo nombre, se encuentran tres barcos vikingos que fueron descubiertos a finales del siglo XIX y comienzos del XX, en diversas localidades noruegas. El de la foto es el barco de Oseberg. Un barco de roble de 22 metros de longitud y 5 de anchura.


Aunque no se aprecia muy bien en la fotografía, la borda del barco y el mascarón están finamente tallados. Son auténticas obras de arte, esculpidas por manos expertas en el trabajo de la madera, con las mismas técnicas que se utilizaron en la decoración de las clásicas iglesias de madera vikingas, tan comunes en este país. Tanto cuidado en la construcción del navío se debe a que no estaba destinado ni al viaje ni a la conquista, como los famosos "drakkar": era una nave ceremonial que se convirtió en el enorme féretro de una reina. El barco fue encontrado enterrado cerca de la localidad de Oseberg, y en su interior aparecieron los esqueletos de una anciana y una mujer joven, junto con un ajuar funerario compuesto por numerosos objetos de la vida cotidiana. No se encontraron joyas ni metales preciosos, probablemente porque la tumba había sido violada en la antigüedad. La datación de los restos permitió deducir que el enterramiento se realizó en el año 834. Parece ser que el barco se utilizó antes de ser destinado al enterramiento, pero por su fragilidad probablemente sólo se utilizase para viajes cortos cerca de la costa.


Y ahora volamos a otra ciudad de Escandinavia, la bella Estocolmo. Allí, en un moderno (y gigantesco) museo se encuentra una de las más impresionantes sorpresas que nos deparan estas frías tierras. Se trata de un enorme galeón, el Vasa. No, no es una reconstrucción, sino el barco original.


Para los que no hayáis visitado Estocolmo, os diré que es una ciudad edificada sobre varias islas, en la zona donde el lago Mälaren se encuentra con el mar Báltico. Precisamente en este mar "urbano", en una zona poco profunda, se encontraron en 1960 los restos del barco, asombrosamente intacto. ¿Cómo es posible? Bien, la extraordinaria conservación del navío se debe a la bajísima salinidad de las aguas del Báltico, que impide el crecimiento de algunos animales que destruyen la madera de los barcos hundidos, así como, naturalmente, a las bajas temperaturas de las aguas durante buena parte del año. Se puede decir que el Vasa se mantuvo en conserva hasta la actualidad. Un fantástico regalo del pasado.


La historia del Vasa es fascinante. Se comenzó a construir en 1626, por orden del rey Gustavo Adolfo (¿todos los reyes suecos se llaman igual?). Para desgracia del barco y de sus marineros, el rey aportó muchas ideas durante la construcción: por ejemplo, pidió que el barco tuviera dos cubiertas de cañones, en lugar de una como era habitual en este tipo de embarcaciones. Naturalmente, los ingenieros no se atrevieron a contradecirle. Crearon un barco esperpéntico, con una altura exagerada, para alojar las dos cubiertas cañoneras. Evidentemente, conocían su oficio y sabían que existían otros barcos con doble cubierta armada, pero el problema es que el Vasa no fue diseñado, desde el principio, para llevar tantos cañones. El rey pidió esta modificación cuando ya había comenzado la construcción del barco... así pues, en el astillero tuvieron que apañarse para dar respuesta a la demanda del rey.


El barco fue completamente terminado y armado en 1628. En agosto de ese año partió del puerto de Estocolmo para realizar su primera singladura... que duró apenas unos minutos. A menos de una milla del puerto, el viento (poco más que una brisa) hizo que el barco se escorara levemente, pero lo suficiente para que el enorme peso de sus cubiertas lo enviara directamente al fondo. Con él se hundieron unos 50 marineros. Aunque el hundimiento se produjo a sólo cien metros de la costa, es poco probable que los componentes de la tripulación supieran nadar.


Hoy el Vasa se encuentra en su magnífico museo y se puede contemplar desde varios niveles. El museo consta también de otras muchas piezas procedentes del pecio, así como maquetas y reconstrucciones de cómo debía ser la vida en el interior de estos navíos de guerra. Ah, por cierto, la foto está movida, ya lo sé. Os podréis figurar que la luz del museo es bastante tenue. Y no llevaba trípode. Lo siento, os prometo más calidad en la siguiente.

Amanecer en los fiordos | 30 de Octubre 2007

En el post anterior hablaba de Nefertiti, la bella egipcia residente en Berlín. Seguimos en Europa, pero esta vez en el frío Norte, a las orillas de los fiordos noruegos. Supongo que estar escribiendo por la mañana, mientras sale el sol por el horizonte, me hace recordar este lugar, muy poco conocido. Se trata de una simple caseta de madera, situada en un museo al aire libre en Bergen. Este museo es uno de los muchos que se encuentran en Noruega, compuestos por recreaciones de casas históricas, a veces reconstruidas, otras veces transportadas desde sus lugares de origen, con la idea de explicar a las generaciones venideras cómo se vivía en el pasado.

Allí, en una colina con una hermosa vista de Bergen y su fiordo, se encuentra este pabellón, que utilizaba el famoso compositor noruego Grieg. ¿Qué tiene de especial? De hecho, si paseas por allí sin información, sin duda pasarías de largo. Pero lo maravilloso es que era el lugar de trabajo del compositor. En su interior apenas hay sitio para un piano, algunas sillas y muebles sencillos. Lo que lo llenaba era la música. Sin duda escogió un hermoso lugar desde el que, como yo ahora, podía ver la salida del sol en el fiordo. Allí los amaneceres son fríos pero multicolores. La luz se refleja en las aguas y tiñe de tonos calientes las casas hanseáticas del puerto. Probablemente esta visión inolvidable fue lo que le inspiró la que, para mí, es su obra maestra: el Amanecer, la pieza que abre el drama musical Peer Gynt. Grieg compuso esta obra en 1867 inspirándose en un relato de Ibsen, y es una buena muestra de lo que se vino en llamar "música incidental". En el Amanecer, Grieg describe con notas la salida del sol en el fiordo, primero tímidamente, luego con todo su esplendor. Escuchadla y decidme si realmente no sois capaces de ver lo que él veía.

La berlinesa más bella | 30 de Octubre 2007

Berlín, Isla de los Museos. La capital alemana se muestra aquí al turista en todo su esplendor. Un conjunto de edificios que albergan increíbles tesoros, dispersos por un área castigada por la Segunda Guerra Mundial, pero que pronto resurgirá de sus cenizas, tras años de obras de restauración. Aquí están, entre otros, el altar de Pérgamo y las puertas de Nínive. Pero otro día hablaré de estas maravillas de la antigüedad. Ahora, dirigimos nuestros pasos hacia un museo concreto, el Altes Museum, en el que se aloja, temporalmente, la colección egipcia.

Allí, desde una vitrina estratégicamente situada en el lugar estelar del museo, nos vigila la pieza más importante de la exposición. Nos mira fijamente, con una mirada perdida en el tiempo. Es Nefertiti. Para muchos, la berlinesa más bella.

Nefertiti fue la esposa del faraón Amenhotep IV, o, como es más conocido, Akenatón. El faraón hereje que dejó de lado el culto a los dioses de sus padres para pasar a adorar únicamente al disco solar, Atón. El dios que daba la vida a todas los seres. Un momento de monoteísmo en una sociedad que, hasta entonces, tenía incontables deidades.

El busto de Nefertiti fue hallado por una expedición arqueológica alemana en las ruinas de Akhetatón, la ciudad fundada por el faraón, en el lugar denominado hoy Amarna. Una ciudad espléndida, construida a toda prisa, lejos de Tebas, el antiguo centro de poder donde el faraón hereje tenía demasiados enemigos. Allí, en los restos del taller del escultor Tutmés, se encontró no sólo el famoso busto de la reina, sino también numerosos bustos inacabados de toda la familia real. Se supone que muchos de ellos eran modelos para esculturas, esbozos en los que el artista se basaría para hacer obras más acabadas.

Esta colección de bustos es fascinante por su realismo: nos encontramos cara a cara con Akenatón, sus hijas, la reina, e incluso con Tutankhamon (en aquella época llamado Tutankhatón). Personajes de un mundo que ya no existe, nombres malditos en la historia de Egipto.

Desde luego, entre todos ellos destaca el busto policromado de la reina. Con una expresión serena, majestuosa. Casi incólume a pesar del paso del tiempo. La amada de Atón descansa aquí, solitaria, en una sala para ella sola. Parece burlarse de todos los que pasamos, la admiramos y la fotografiamos. Si pasas por Berlín, no te olvides de acercarte a verla. Ella espera tu visita y te mirará con el mismo desdén que a mí.

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