Ya hablé hace unas semanas de la imagen del "conejo" que se puede apreciar en la Luna llena, y de su interpretación en las culturas mesoamericanas, concretamente en el caso de la leyenda del Quinto Sol en Teotihuacán. Bien, no todo el mundo tenía una interpretación tan poética de la superficie de la luna. Los aztecas (o mexicas), habitantes del altiplano de México en los últimos tiempos de las civilizaciones precolombinas, tenían otra interpretación muy distinta.
A la derecha aparece la representación de lo que los mexicas veían en el disco lunar. La imagen de una mujer decapitada y descuartizada. Es Coyolxauhqui, y su historia, muy abreviada, es la siguiente.
Coyolxauhqui era hija de la madre Tierra, Coatlicue, que a su vez era representada habitualmente con una cabeza formada por dos serpientes enfrentadas y una falda hecha con manos y calaveras humanas. Coatlicue no era sólo madre de Coxolxauhqui, la Luna, sino también de un ejército de cuatrocientos hijos, las estrellas.
Según la leyenda Mexica, repentinamente Coatlicue quedó embarazada al recibir una bola de plumas que cayó del cielo. Coyolxauhqui consideró el embarazo de su madre como una afrenta, reunió a sus hermanos, y se dirigió hacia el cerro de Coatepec, donde habitaba la diosa madre, para matarla. Entonces, la diosa madre dió a luz a Huitzilopochtli, el Sol, quien emergió ataviado como un guerrero y rápidamente decapitó a Coyolxauhqui, precipitándola después por la ladera del cerro. La caída provocó el descuartizamiento de la Luna.
La leyenda muestra claramente una interpretación del fenómeno astronómico de la sucesión del día y la noche, de la victoria del Sol sobre la Luna. Huitzilopochtli, el dios Sol, fue la deidad principal del panteón mexica, de la misma forma que en otras muchas civilizaciones el Sol se consideró siempre el dios más importante.
Como, en el fondo, este blog va de viajes y lugares, os contaré que la escultura que representa a la diosa Coyolxauhqui, y que tiene más de 3 metros de diámetro, se encontró en 1978, de forma fortuita, en el subsuelo del centro de Ciudad de México, cuando los trabajadores de la compañía eléctrica realizaban una excavación en la esquina de las calles Guatemala y Argentina. Es evidente que el hallazgo fue muy importante, pero no sólo por esta estatua, sino porque gracias a esta perforación los arqueólogos encontraron los restos del Templo Mayor de los mexicas. La representación de la descuartizada se encontraba a los pies de este templo, puesta allí por los sacerdotes, con la clara intención de mostrar cómo quedó la diosa tras rodar por la ladera del cerro.
En la actualidad estos restos se pueden visitar, y los hallazgos más importantes se custodian en el magnífico Museo del Templo Mayor. Es una visita obligada para quien va a México. Os garantizo que los mexicanos saben hacer magníficos museos.
NOTA: este post ha sido editado en virtud de un comentario de un amigo mexicano que no veía bien reflejada su cultura en él. Como creo que tenía razón en sus planteamientos, he eliminado alguna parte y matizado otras.
Teotihuacán. El mayor recinto arqueológico prehispánico de Mesoamérica, se encuentra apenas a 40 km al norte de Ciudad de México. La ciudad se fundó a partir de una aldea hacia 600 a.C. y tuvo su época de apogeo entre los siglos II y VI de nuestra era. Hacia el siglo IX ya estaba abandonada, por causas que desconocemos. Era ya una ciudad fantasma cuando la visitaron los aztecas (o mexicas), que fueron quienes le dieron su nombre en lengua náhuatl: la Ciudad de los Dioses. No podían concebir que hubieran existido seres humanos capaces de realizar tan enormes construcciones.
Allí, en la Calzada de los Muertos, al pie de la Pirámide del Sol, un guía local me contó la leyenda del Quinto Sol, el mito mesoamericano de la creación del mundo.
Según esa leyenda, el mundo había conocido cuatro Soles o épocas. Cada una de estas épocas había finalizado con un gran cataclismo. Al acabar el Cuarto Sol, los dioses se reunieron en Teotihuacán para iniciar una nueva era, y anunciaron que uno de ellos debería ser elegido para transformarse en el Sol.
Surgieron dos candidatos: un dios joven, Tacciztecatl, y un dios anciano, Nanahuatzin. Durante una temporada, ambos se prepararon para tan importante destino. Pero, mientras Tacciztecatl pasaba el tiempo pavoneándose entre dioses y hombres, Nanahuatzin, el dios humilde, invertía sus días en realizar buenas obras.
Llegado el momento de la transformación en Sol, los dioses crearon un gran círculo de fuego y dijeron a Tacciztecatl que se arrojara a él. El orgulloso dios no se atrevió. Entonces, Nanahuatzin se aproximó al fuego y saltó. Inmediatamente se convirtió en el Sol.
Cuando su rival vio como refulgía en el cielo, reunió fuerzas de flaqueza y también saltó al fuego, convirtiéndose en un segundo Sol. Pero los dioses no apreciaron este acto de envidia y cobardía. Uno de ellos cogió un conejo y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia el Sol advenedizo. Al impactar en su superficie, el Sol Tacciztecatl se apagó, perdió su luz propia y se limitó a reflejar la luz del auténtico Sol. Se convirtió en la Luna.
Esta es la leyenda que explica cómo se originó el Sol que nos ilumina y la Luna que le acompaña en su viaje por el cielo... y también explica por qué, cuando miramos a la Luna llena, podemos ver la imagen de un gran conejo en su superficie.
Este relato es solo un resumen. Hay quien lo cuenta mucho mejor que yo, y os invito a escucharle. Visitad el podcast del historiador mexicano Roberto Jiménez, En la Historia (ver sección de enlaces en este blog), y descargad los episodios dedicados a Teotihuacán. Os gustarán.

Sobre este blog...
Bien, me propongo hacer un blog... ¿de qué tema? Me gusta viajar, me gusta la Historia... pues la elección es obvia. Lugares donde sentir el peso de la Historia. Donde pisar las mismas piedras que nuestros antepasados. Donde percibir la combinación del paso del tiempo y la pervivencia de las sensaciones.
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