Es evidente de qué toca hablar hoy. De algo muy alejado de los "lugares", pero, como ya estáis acostumbrados a que incumpla el nombre y el propósito del blog, no me preocupa. Estamos todos inmersos ya en la vorágine de la Navidad y entre regalos, reuniones, comidas, cenas, noches en vela, etc., apenas tenemos tiempo para reflexionar sobre la primera Navidad.
No viene al cuento en este blog hablar de cuestiones religiosas, pero sí históricas. Y, tratándose de la Navidad, hay un par de cuestiones curiosas que conviene mencionar. La primera de ellas, es que Jesús no nació en el año cero. Esto ya es muy conocido por todos: sabéis que Cristo nació antes de Cristo... al menos cuatro años.
La segunda, es la época del año. Recordad la escena: un ángel se aparece a los pastores que velan sus ovejas en el monte y les anuncia la llegada del Salvador. Bueno, bien. ¿Qué hacían los pastores en el monte con las ovejas, de noche, en diciembre? Belén y sus alrededores, en invierno, son un lugar frío. Por esta y otras razones cabe pensar que el Nacimiento no se produjera en diciembre.
¿Cuál es, entonces, la razón por la que celebramos la Navidad el 25 de diciembre? Pues parece ser que los primeros cristianos eligieron celebrar tan importante acontecimiento el mismo día en que en todo el imperio romano se celebraba una relevante fiesta pagana, el "nacimiento del Sol invicto". El leit motiv de esta fiesta no era otro que el incremento de la duración de los días después del solsticio de invierno. Año tras año, el Sol triunfaba sobre las tinieblas y poco a poco, los días eran más largos a partir de esa fecha. La ventaja de hacer coincidir ambas celebraciones era obvia: los cristianos podían mostrar su alegría como cualquier otro ciudadano del imperio.
No sé si estas teorías son ciertas. No tiene importancia, en realidad, cuándo o cómo sucediera. Lo importante está en el corazón de las personas, como siempre. Y hoy, en mi corazón, lo que hay es un deseo de Paz y Felicidad que quiero compartir con todos vosotros. ¡Feliz Navidad!
Bueno, tras una semana de poca actividad en el blog, trataré de dar un pequeño empujón con un par de posts. Luego... espero tomarme unas cortas vacaciones navideñas.
En este post me gustaría volver a Berlín, al Museo Egipcio: en la foto está el vestíbulo el edificio del Altes Museum, que recoge provisionalmente las colecciones del Museo Egipcio. La gente está admirando el busto de Nefertiti (¿qué os parece la colocación, tan estratégica?), del que ya os hablé. Ahora toca algo más "insignificante" que está relacionado con el hecho de que el nombre completo del museo es Ägyptisches Museum und Papyrussammlung, nada menos... para quien no entienda alemán (yo mismo), este pomposo nombre significa Museo Egipcio y Colección de papiros.
Y es que, efectivamente, este lugar alberga una de las colecciones más impresionantes de papiros egipcios que se pueden ver en el mundo. No todos están expuestos, naturalmente. De forma habitual, los museos muestran aquellos que tienen dibujos, por eso es tan típico ver papiros con el "juicio de los muertos", una de las ilustraciones favoritas de los antiguos habitantes del Nilo, a juzgar por las veces que la dibujaron. Pero, en el caso de Berlín, hay un par de papiros expuestos que son más bien feos, sin ilustraciones. Sólo los expertos son capaces de reconocer el valor de estas extrañas tiras de papel primitivo cubiertas de aparentes garabatos. No están escritos con jeroglíficos, sino utilizando la "taquigrafía" de los faraones, la llamada escritura hierática. Se trata de ejemplares que están allí, expuestos en un rincón, por su gran valor literario.
Hablaré sólo de uno de ellos, el papiro que contiene el fragmento más completo de la llamada historia de Sinuhé. Seguro que ahora estáis pensando en la famosa novela "Sinuhé el egipcio", escrita por Mika Waltari en 1945 y convertida en una evocadora película de 1954. Pues bien, Waltari se inspiró en esta obra maestra de la literatura egipcia, datada aproximadamente en 1.800 a.C.
La historia, que es sin duda la primera novela de todos los tiempos, narra en primera persona la vida de un dignatario egipcio, Sinuhé (en el papiro dice, literalmente, Sanehet), que se ve salpicado por un complot que deriva en el asesinato del faraón. Temiendo ser inculpado por su negligencia al no ser capaz de advertir a tiempo de la conjura, huye de Egipto hacia Siria. Comienzan así sus aventuras: tras un enfrentamiento con un príncipe local se convierte en hombre de confianza de otro príncipe, quien le ofrece la mano de su hija. Sinuhé, convertido así en un hombre importante en Siria, recibe finalmente la invitación del faraón de turno, Sesostris I, para volver a su país. Nuestro viajero añora el Nilo (recordad aquello de "quien ha bebido agua del Nilo..." de un post anterior) y desea ser enterrado en su país, como ha de hacer cualquier egipcio si desea la inmortalidad en la otra vida. Así pues, reparte sus posesiones entre sus hijos y vuelve a Egipto, donde es finalmente enterrado. De hecho, el protagonista narra la novela desde su propia tumba.
No me extraña que Mika Waltari se inspirase en esta magnífica historia. Es fascinante. En mi caso, ejerce una atracción particular. Tengo como un proyecto personal a muy largo plazo completar la traducción de su texto jeroglífico. Sí, entre mis muchas aficiones, está el leer jeroglíficos egipcios. No soy ningún experto y voy francamente despacio, pero algún día lo conseguiré. Os aseguro que es increíble ser capaz de leer con ojos de una persona del siglo XXI lo que escribió otra hace casi cuatro milenios, y comprobar lo semejantes que somos.
Ya hablé hace unas semanas de la imagen del "conejo" que se puede apreciar en la Luna llena, y de su interpretación en las culturas mesoamericanas, concretamente en el caso de la leyenda del Quinto Sol en Teotihuacán. Bien, no todo el mundo tenía una interpretación tan poética de la superficie de la luna. Los aztecas (o mexicas), habitantes del altiplano de México en los últimos tiempos de las civilizaciones precolombinas, tenían otra interpretación muy distinta.
A la derecha aparece la representación de lo que los mexicas veían en el disco lunar. La imagen de una mujer decapitada y descuartizada. Es Coyolxauhqui, y su historia, muy abreviada, es la siguiente.
Coyolxauhqui era hija de la madre Tierra, Coatlicue, que a su vez era representada habitualmente con una cabeza formada por dos serpientes enfrentadas y una falda hecha con manos y calaveras humanas. Coatlicue no era sólo madre de Coxolxauhqui, la Luna, sino también de un ejército de cuatrocientos hijos, las estrellas.
Según la leyenda Mexica, repentinamente Coatlicue quedó embarazada al recibir una bola de plumas que cayó del cielo. Coyolxauhqui consideró el embarazo de su madre como una afrenta, reunió a sus hermanos, y se dirigió hacia el cerro de Coatepec, donde habitaba la diosa madre, para matarla. Entonces, la diosa madre dió a luz a Huitzilopochtli, el Sol, quien emergió ataviado como un guerrero y rápidamente decapitó a Coyolxauhqui, precipitándola después por la ladera del cerro. La caída provocó el descuartizamiento de la Luna.
La leyenda muestra claramente una interpretación del fenómeno astronómico de la sucesión del día y la noche, de la victoria del Sol sobre la Luna. Huitzilopochtli, el dios Sol, fue la deidad principal del panteón mexica, de la misma forma que en otras muchas civilizaciones el Sol se consideró siempre el dios más importante.
Como, en el fondo, este blog va de viajes y lugares, os contaré que la escultura que representa a la diosa Coyolxauhqui, y que tiene más de 3 metros de diámetro, se encontró en 1978, de forma fortuita, en el subsuelo del centro de Ciudad de México, cuando los trabajadores de la compañía eléctrica realizaban una excavación en la esquina de las calles Guatemala y Argentina. Es evidente que el hallazgo fue muy importante, pero no sólo por esta estatua, sino porque gracias a esta perforación los arqueólogos encontraron los restos del Templo Mayor de los mexicas. La representación de la descuartizada se encontraba a los pies de este templo, puesta allí por los sacerdotes, con la clara intención de mostrar cómo quedó la diosa tras rodar por la ladera del cerro.
En la actualidad estos restos se pueden visitar, y los hallazgos más importantes se custodian en el magnífico Museo del Templo Mayor. Es una visita obligada para quien va a México. Os garantizo que los mexicanos saben hacer magníficos museos.
NOTA: este post ha sido editado en virtud de un comentario de un amigo mexicano que no veía bien reflejada su cultura en él. Como creo que tenía razón en sus planteamientos, he eliminado alguna parte y matizado otras.
En realidad, este blog no es de noticias, pero creo que es de justicia dedicar unos minutos de mi tiempo a comentar la triste noticia del fallecimiento de un gran periodista, Juan Antonio Cebrián, director y presentador del programa radiofónico La Rosa de los Vientos. Su labor como divulgador de la Historia desde las ondas y desde sus numerosos libros no tiene precio. En su programa, que superó las 1.500 ediciones, incluía una sección denominada Pasajes de la Historia en la que narraba hechos históricos y biografías de personajes con un estilo único, ameno y sencillo. A quienes no le conociérais, os animo a descubrir su obra. Está en internet: los archivos, en formato mp3, aparecen en numerosas páginas amigas. Él siempre fomentó su distribuición libre.
Juan Antonio fallecío el pasado sábado 20 de octubre, a la edad de 41 años, por un traicionero infarto. Descansa en paz, querido amigo. ¡Fuerza y honor!
Continuando con Pompeya, vamos ahora a la otra casa que mencioné en el post anterior, la de "las afueras". Abandonamos la ciudad por la puerta norte y nos dirigimos, entre tumbas y cenotafios, a una villa situada en el campo… apenas diez minutos a pie de la muralla de
La Villa es una de las típicas residencias de campo que combina una parte destinada a las labores agrícolas (en una de sus dependencias se encontró una prensa de aceite, otra estaba destinada a bodega). Su nombre se debe a una habitación en la que se encuentra un magnífico fresco representando la iniciación de una joven en los misterios del culto dionisíaco. Sus vívidos colores resplandecen hoy casi como el primer día.
La estancia con los frescos es realmente impresionante. Pero algo me impactó aún más: otra gran estancia contigua al atrio. Allí podemos encontrar todavía las puertas originales, en su sitio, inmortalizadas y petrificadas por la erupción del Vesubio. Con poco esfuerzo podemos imaginar a la persona que
La Villa de los Misterios es uno de los lugares más fascinantes de Pompeya. Pero, al estar apartada del centro del recinto arqueológico, muchos visitantes se la pierden o acuden al final del día, cuando ya están agotados de "patear" la ciudad. Craso error. Conviene visitarla lo antes posible, para disfrutar de ella como se merece. Porque, desde luego, lo que verás allí no lo olvidarás fácilmente. Es uno de esos lugares donde realmente te parece que las personas que habitaron hace dos mil años podrían aparecer al doblar cualquier esquina, e invitarte a degustar el último vino recibido en la bodega.

Vuelvo a Pompeya porque, como dije a Cristina Crisol en respuesta a su primer comentario, hay muchas cosas de qué hablar sobre este recinto arqueológico. Y, en este caso, se trata de dos partes de la ciudad. Dos casas, una en el centro y otra en las afueras. Ambas están señaladas con rectángulos en la imagen: podéis apreciar que hay una en el interior del recinto y otra un poco más apartada.
La casa del interior de la ciudad está prácticamente en el centro. El propietario sólo tenía que atravesar un arco de triunfo para acceder a la zona de templos del norte de la plaza central, el Foro, o cruzar una pequeña calle para llegar a las Termas más cercanas. Es una residencia pequeña que se denomina Casa del Poeta Trágico.
Como casi todas las casas de Pompeya, ésta tiene un atrio central, un patio alrededor del cual se disponen las otras estancias. Es una residencia pequeña, pero muy bien decorada. Su fama se debe al mosaico que se encuentra en el suelo, en la entrada. Es la conocida representación del perro guardián con la leyenda "Cave canem" (cuidado con el perro). Algo que sin duda desalentaría a los visitantes no amistosos...
El nombre de la casa es debido a los mosaicos que se encontraron decorando las paredes del comedor o tablinium: unas magníficas representaciones teatrales, con actores en plena función, que hoy pueden apreciarse en el Museo Arqueológico de Nápoles. Así pues, el dueño podría no ser poeta ni mucho menos trágico, sino simplemente alguien aficionado al teatro. Lo que está claro es que sería una familia relativamente acomodada, pero no demasiado, ya que la casa, aunque bien dispuesta, céntrica y magníficamente decorada, no es tan grande ni lujosa como otras que se encuentran en los alrededores.
Los componentes de esa familia han pasado al olvido. Pero la casa sigue impresionando a los turistas y es una de las más visitadas (¿quizá porque está cerca de la entrada?). Y también, porque es la casa en la que se desarrolla la vida de uno de los –imaginarios- habitantes de la ciudad en la novela “Los últimos días de Pompeya”, de Edward B. Lytton. El autor inventó los protagonistas, pero describió esta casa en concreto hasta el último detalle.
Teotihuacán. El mayor recinto arqueológico prehispánico de Mesoamérica, se encuentra apenas a 40 km al norte de Ciudad de México. La ciudad se fundó a partir de una aldea hacia 600 a.C. y tuvo su época de apogeo entre los siglos II y VI de nuestra era. Hacia el siglo IX ya estaba abandonada, por causas que desconocemos. Era ya una ciudad fantasma cuando la visitaron los aztecas (o mexicas), que fueron quienes le dieron su nombre en lengua náhuatl: la Ciudad de los Dioses. No podían concebir que hubieran existido seres humanos capaces de realizar tan enormes construcciones.
Allí, en la Calzada de los Muertos, al pie de la Pirámide del Sol, un guía local me contó la leyenda del Quinto Sol, el mito mesoamericano de la creación del mundo.
Según esa leyenda, el mundo había conocido cuatro Soles o épocas. Cada una de estas épocas había finalizado con un gran cataclismo. Al acabar el Cuarto Sol, los dioses se reunieron en Teotihuacán para iniciar una nueva era, y anunciaron que uno de ellos debería ser elegido para transformarse en el Sol.
Surgieron dos candidatos: un dios joven, Tacciztecatl, y un dios anciano, Nanahuatzin. Durante una temporada, ambos se prepararon para tan importante destino. Pero, mientras Tacciztecatl pasaba el tiempo pavoneándose entre dioses y hombres, Nanahuatzin, el dios humilde, invertía sus días en realizar buenas obras.
Llegado el momento de la transformación en Sol, los dioses crearon un gran círculo de fuego y dijeron a Tacciztecatl que se arrojara a él. El orgulloso dios no se atrevió. Entonces, Nanahuatzin se aproximó al fuego y saltó. Inmediatamente se convirtió en el Sol.
Cuando su rival vio como refulgía en el cielo, reunió fuerzas de flaqueza y también saltó al fuego, convirtiéndose en un segundo Sol. Pero los dioses no apreciaron este acto de envidia y cobardía. Uno de ellos cogió un conejo y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia el Sol advenedizo. Al impactar en su superficie, el Sol Tacciztecatl se apagó, perdió su luz propia y se limitó a reflejar la luz del auténtico Sol. Se convirtió en la Luna.
Esta es la leyenda que explica cómo se originó el Sol que nos ilumina y la Luna que le acompaña en su viaje por el cielo... y también explica por qué, cuando miramos a la Luna llena, podemos ver la imagen de un gran conejo en su superficie.
Este relato es solo un resumen. Hay quien lo cuenta mucho mejor que yo, y os invito a escucharle. Visitad el podcast del historiador mexicano Roberto Jiménez, En la Historia (ver sección de enlaces en este blog), y descargad los episodios dedicados a Teotihuacán. Os gustarán.

Una imagen inolvidable. En primer plano, las ruinas de Pompeya (Italia); al fondo, el volcán Vesubio. El causante de su destrucción, pero también responsable de que la ciudad haya llegado hasta nosotros, como un fotograma de lo que fue la vida en los mejores tiempos del Imperio Romano.
Viajar a Pompeya puede no ser recomendable... si deseas seguir disfrutando de otras zonas con ruinas romanas. Porque, después de tu visita a esta increíble ciudad, todo lo que veas en otros lugares - incluso el mismísimo foro de Roma, con el Coliseo - te va a parecer muy poca cosa. Recorrer Pompeya no es visitar un conjunto de ruinas clásicas: es pasear por las calles de una ciudad, entrar como un invitado en sus casas, descubrir las tabernas donde sus habitantes reponían fuerzas, incluso leer anuncios publicitarios de la época en las fachadas. En todo momento la ciudad te absorbe de tal forma que parece que has retrocedido en el tiempo. Es tan grande que desde sus calles apenas se ve un signo de la civilización actual: te encuentras rodeado y sumergido en la ciudad romana, en la vida de los antiguos romanos.
Se puede llegar a Pompeya vía Roma, pero lo más recomendable es alojarse en Nápoles o, mejor aún, en alguna pequeña ciudad cercana (Sorrento, por ejemplo). Desde Nápoles y desde Sorrento se accede casi a la misma puerta de la ciudad en un tren de cercanías denominado Circunvesubiana (la "Vesubiana" que dicen los lugareños). La estación es Pompei Scavi, y se encuentra a escasos cien metros de la entrada al recinto arqueológico. Adquirido el tíquet, podemos acceder a la ciudad a través de la Porta Marina y subiendo una pequeña cuesta bajo un arco. Este arco es como un túnel del tiempo: al salir a la luz estamos entre la basílica y el templo de Diana. En plena época romana.
Los grupos de turistas apenas pasan dos horas en Pompeya (es muy habitual salir de Roma de madrugada y visitar en el mismo día Pompeya, Nápoles y Capri). No suelen avanzar más lejos del foro y de las primeras casas y termas. Unos cuantos pasos más allá, podemos encontrarnos prácticamente solos en la ciudad.
La peor época para visitar Pompeya es el verano, por el sofocante calor que azota la zona. La primavera puede ser también molesta por el número de turistas, pero nunca encontraremos tantos como en Roma, Florencia o Venecia. La época ideal: otoño e invierno. Las temperaturas de la región de Campania son muy suaves y, si no llueve, podemos encontrarnos paseando por Pompeya en mangas de camisa en pleno diciembre.
La página web del organismo gestor de Pompeya es www2.pompeiisites.org. y en ella se encuentra la información sobre esta ciudad y sobre los otros restos arqueológicos de la zona: Herculano, Oplontis, Stabia y Boscoreale. El Vesubio acabó con todos estos lugares el año 79 de nuestra era, llevándose consigo miles de vidas, pero dejando un regalo de inestimable valor para las generaciones venideras: el testimonio de la vida en el mundo romano del siglo I.
Sobre este blog...
Bien, me propongo hacer un blog... ¿de qué tema? Me gusta viajar, me gusta la Historia... pues la elección es obvia. Lugares donde sentir el peso de la Historia. Donde pisar las mismas piedras que nuestros antepasados. Donde percibir la combinación del paso del tiempo y la pervivencia de las sensaciones.
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