La tierra, yerma y estéril, se desplegaba por interminables distancias. Su cuarteada superficie hablaba de soledad y quietud. La entropía absoluta reinaba; única consorte de un inútil existir sin futuro.

El cálido aliento de una brisa pesada y desvalida se desplazaba indolentemente por todo el reino y el sueño de la inexistencia parecía tomar consistencia en su vaporoso hálito.
El tiempo perdió sentido y su vector dejó de ser reconocido por diferencias entre instantes continuos. Solamente una eternidad sin gloria resplandecía en la moribunda realidad.
De pronto, el horizonte arremolinó oscuridad y en una acción casi imposible el cielo se pobló de masas húmedas cargadas de poder y fortaleza.

El frío y veloz viento de altura, olvidando a su lento hermano de superficie, corrigió las formas de grandes nubarrones conformándolos en los yunques de los nimbos ahítos de humedad.
La tormenta se descargó sobre la tierra muerta y su mano de agua acarició la triste y dura piel que se abrió gozosa al fértil abrazo del aguacero.
Matrimonio dulce y sutil que engendra un retoño de esperanza para un futuro que desesperaba de vivir.

Sobre la calma vuelta, la tierra preñada del agua vital deja nacer de entre sus entrañas la prueba evidente de que la vida es resultado de dos que cooperan para alejar la futilidad de la soledad y permitir dar al mundo la belleza de una mata en flor.
Metí la mano en el bolsillo; además del grillo que adopté anoche encontré la moneda de diez céntimos que me dio el abuelo, estaba algo embadurnada por el dulce de manzanas del apfelstrudel que me sobró del desayuno servido por la abuela pero en perfectas condiciones de uso.
Volví a mirar la enorme canica de vidrio que me observaba como un gran ojo solitario y triste. Sentí una inmensa pena por su soledad, aplasté la nariz contra el vidrio del escaparate y le pregunté: ¿Quieres venir conmigo? Ella aceptó ansiosamente moviendo seductora las nubecillas amarilla y de variopintos azules en su interior.
Pensé: «–Pobre grillito, acompañado de una moneda insípida y sin vida, ¿no preferiría tener de amiga a la gran canica?
–¡Seguro que sí!, –me respondí.» y sentí una inmensa satisfacción de poder realizar tamaña buena acción. ¡No hay nada más bello que ser una buena persona!
© 2008 balmyz.
Como parte del mismo silencio inicial y sin solución de continuidad los suaves acordes musicales que provienen del pozo de la orquesta comienzan a llenar los espacios del silencio y la expectativa trae aparejada un ansia imposible de colmar.
Beniamino susurra las primeras palabras de “E lucevan le stelle”: el tenue caminar de Floria sobre la arena, el crudo rechinar del portillo del huerto, la insoportable espera del encuentro y el febril movimiento de las manos de Mario retirando los velos que ocultan la gentil figura, todo, todo vaticina la presencia del AMOR…
Ese perfume, ese hálito intangible que convierte la sangre en ríos de lava ardiente y enciende los rescoldos ígneos del corazón fundiendo dos pasiones en una cumbre extática y arrastrando tras ella a la audiencia en una vicaria mística de placer, delectación y pertenencia. Allí estamos inermes ante la apoteosis de este sentimiento que nos aniquila y nos da vida, dejándonos exhaustos, consumidos por una experiencia que anhelamos repetir.
© 2008 balmyz.
Alter
El corazón estrechó la mano del alma ajena. la incertidumbre abrió la ventana y comenzaron a penetrar los primeros tímidos rayos de luz a través de la palabra. Los haces acariciaron con suavidad el lado oscuro. El aire llenó, llena, de vida esta habitación retirada. Comenzaron a nacer las sombras. La intimidad se muestra serena y crea caminos donde tan sólo existían dunas. Acercamiento. Deshielo. Complicidad.
La mirada se vuelve humana y partícipe del diálogo. La sonrisa se muestra continua. Pequeños momentos de mimo alientan en los primos pasos titubeantes. La indiferencia queda muda. Y sorda. Ya formas parte de mí. Todo gesto, palabra, suspiro...me toca, me abraza, me envuelve. Y el abandono me duele. Eternidad son los silencios, ausencia las miradas que se encuentran y no dicen nada. Una sola luna puede hacer virar todo, más siempre queda la virtud ante la inclemencia. Y la voluntad.
No hay actitud que luche por encontrar el rumbo que sea inane. Ninguna búsqueda de casualidad es baladí. El aire puede estar cargado de vapor, pero es aire. Dificulta, pero no asfixia. Ni oportunidades, ni segundas partes, simplemente el reencuentro tras una breve despedida. La pérdida es sentirse inmune frente al harén de sentimientos. Mas yo siento...y puedo escuchar un susurro lejano que lentamente acorta distancias.
Ante el baleo de vacíos el destino siempre se alzará faccioso y sólo un NO podrá sepultarle
Texto © Rocío García Algora (Kaliro)
Por un tiempo lo llamamos hogar...
El mar, el mar... aromas salobres, abundante en vida silvestre, visión infinita hasta la ilusión del horizonte.
Ciento treinta y cuatro kilómetros mar afuera y la soledad hacen que las tareas diarias sean importantes.
Una babel de portugués, indonesio, chino, thai, un poco de alemán, una pizca de español y varios sabores del inglés hacen de este espacio un guisado de las naciones unidas sin representantes y cuando todo eso falla nos quedan, el caleidoscopio del pidgin y en última instancia la presencia de los molinos de vientos del lenguaje por señas.
Para condimentar este guisado, de tiempo en tiempo, el padre Poseidón, como si quisiera saber que cosa hacen estos bípedos extraños sobre la pequeña plataforma perdida en el inmenso océano, levanta altas olas, le pide al primo Éolo que haga rugir fuertes vendavales y al hermano Zeus que envíe fuertes ramalazos de lluvias y relámpagos para limpiar la atmósfera y ver mejor. Pavoroso y aterrador espectáculo, aquellos que no trabajamos sobre la cubierta corremos despavoridos a escondernos en las acogedoras entrañas de la plataforma.
Estas ocurrencias sólo eran amonestaciones llenas de testosterona de los dioses pero cuando la dulce Selene elegía erguirse por sobre el mar calmo, llena de luz y majestad, ocupando con su globo la tercera parte del cielo, corría la voz como reguero: ¡la Luna!, ¡la Luna!...
Y era un llamado de la diosa, todos a cubierta a venerar la sacra vista de la Casta Diva en todo su esplendor.
Muchas veces me pregunté, por qué hombres rudos, duros en un trabajo exigente y difícil se perdían en la hipnótica mística de una luna llena sobre el mar calmo como si fueran un grupo de poetas poseedores de un alma sensible...
Pero quizá... lo éramos y la teníamos.
Sin dudas una de las mejores calistenias para mantener la mente sana y encontrar que es lo que hay, realmente hay, en los recesos internos de nuestra máquina de pensar.
Difiere de las divagaciones (mi definición de la palabra) en el simple hecho que no tienes interlocutor, estás solo y ¡no puedes ser interrumpido!
Si no conoces los soliloquios, pruébalos alguna vez, encontrarás el mejor compañero para mantener la sanidad mental:
¡Tú mismo!

Sobre este blog...
Diario íntimo, filosofía profunda y llana, de_mente errante y escritura en desvarío y rácana.
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